sábado 7 de noviembre de 2009

Chingar su madre, Mor. Sírveme otra copa, que el vino cura las heridas y lava las plegarias: vamos hablándonos serio. Ella me dejó y yo me quedé perplejo. Se me fueron los pies, empecé a reptar en vez de respirar, y saberla en los brazos de otro me quebró las alas de una vez y para siempre.
Entonces la encontré a aquella. Tan limpia, tan sana, tan frágil; y la abracé, y suspiré: estábamos llenos de costras y moretones. Pero supo darme el brazo, y yo supe darle corazón.
Aquella estaba herida, como yo. Aquella tenía un él, como yo tenía una ella. Yo la olvidé, claro, y aquella lo olvidó, supuse. Pero ya decía yo. Aquel nunca lo olvidó. Y aquel ríe cuando aquella está trabajando, o cuando me muerde la mejilla por equivocación, o cuando se me cae la colilla del cigarrillo y ella me enciende uno nuevo. Se ríe, hombre, y debería molerle la cara a puteadas; pero me lo callo y le sonrío a mi aquella. Respiro y me lo callo: va a pasar, un día esto va a pasarnos volando y voy a morderme la lengua.
Si seré un chilletas, cabrón. Sácame otro trago. No vamos a discutir por trivialidades; así son las mujeres como ella, tan neoliberales y tan ingenuas. Alguien tiene que decirle que joder no es cosa del otro día. Que la cortesía no va a darnos de comer, que beberme el mundo en una botella de whisky me va a salvar de el terrible sino de su pretensión. Que soy un hombre de hojalata, que es una mujer de (h)oz. Que qué le voy a hacer.
Y me come el seso, hombre, que ni con cuarenta tragos me va a quitar que soy el entremès de sus días. Y eso, ¿con qué se come?...

jueves 5 de noviembre de 2009

No sé qué sentirá, mamá. Me preocupa adivinar que estará ahí, en esas fotografías añejas del mundo que dejó atrás para morder polvo en una ciudad de nadie. Que se quedará ahí para siempre, por mucho que me pese. A veces hasta he deseado que no exista la magia de la cámara. El lente preciso que me hace dudar de esos suspiros capturados, y él reía tanto, y él fumaba tanto. Y el queríala tanto.

Me mata -me mata, madre, escúcheme- que la cuerda no esté rota del todo; que la hilación siga siendo un estribo tenue del que pueda tirar cuando le venga en gana, y entonces pase lo que siempre pensé que pasaría. Veintidós años es mucho. No sé qué sentirá, no sé a dónde va a correr cuando le lancen bosquejos de este caos tan mío, tan arraigado. No sé por qué lloro, no sé por qué he tenido la cobardía de registrarle el cofre y leer los poemas que nunca serán para mí. Que escribiría acaso con tanta devoción a su musa, y yo sin un dibujo siquiera de su puño, un algo que signifique más tal vez que cuatrocientas lunas empapadas de patria extraña.
Es un miedo infernal, madre: verme amortajada en la plegaria eterna a la que este frío me condena; y a él le gusta tanto el tiempo pero yo no lo soporto, por tanto que le callo, por tanto que le adoro. Le enloquece el noviembre, los meses gélidos como el carajo. Y me he quedado a joder la primavera por verlo sonreír. Te digo que es lo crucial en mi vida,
Será un jamais vú. Será un jamás tú. Será, al fin de cuentas, y nunca dejará de ser.

sábado 1 de agosto de 2009

Taladre, compañero, que estamos por llegar a la meta. Agárrese bien de donde pueda, arránquese las torturas pequeñas, multiplique las alegrías: que no le anochezca sin pensar en la perversión dulcísima de la lluvia, que no le aterre el corazón. Que no le aterre el corazón todavía, no aún. No deje que se rompa la cuerda, amárrese bien a la cama que voy y le desato las sonrisas, y las libero, las enjuago, las convenzo. Amárrese bien a la cama que pensar no desgasta, ofrece. Amárrese bien, que torturas hay muchas, pero divinas las del medio día que vamos a galopar.

lunes 20 de julio de 2009

Se despierta, se acomoda, se estira, se afloja, se mueve, se levanta, camina, se asea, se mira, se viste, se para, camina, cocina, se sienta, come, se levanta, camina, se cae, se levanta, piensa, camina, se peina, entiende, se maquilla, recuerda, se mira, camina, titubea, observa, se cae, se levanta, camina, bebe, camina, piensa, camina, no entiende, camina, se embriaga, camina, desespera, camina, llora, camina, se cae, se levanta, se pregunta, se maldice, camina, sola, camina, a la deriva, camina, abandonada, camina, perdida. Camina, bebe, camina. Piensa, supone, establece, medita, reflexiona, concluye, argumenta, se embriaga, abandona. Escucha, siente, se molesta, se disgusta, otra copa, enfurece, grita, corre. Corre, es libre. Corre, es nueva. Corre, no está sola. Corre, cae. Cae, se molesta. Cae, no se levanta. Cae, va a quedarse. Cae, no es libre, no es nueva, no está corriendo. Se queda, cae, recuerda, se enfurece, se embriaga, da vuelta, camina, grita, concluye, argumenta, no es libre, abandona, no confía, se mueve, camina, se pierde, vomita, camina, regresa, camina, no fuma. Camina, se molesta. Camina, enfurece. Camina, entristece. Camina, abre, camina, cierra. Camina, se queda. Camina, se sienta, se mueve, se afloja, se estira, se acomoda, espera, se cansa, espera, enfurece, espera, entristece, espera, cuánto duele. Espera, espera, espera.

sábado 27 de junio de 2009

Esta es una carta de esas que no tienen remitente, y si lo tuvieran, le daría gusto a la fortuna el darme prudencia para no morir en el intento. Esta es una carta que ojalá fuera despedida, por que se sabe o se supone que los pleonasmos no quedan bien en este cuasi nuevo sortilegio. Por que a mayo no se le ocurrió ofrecer en tributo un plantón de aquellos del verano de muertes fingidas, de suspiros suicidas y muchas más figuras retóricas que ni siquiera valdría la pena molestar.
Las cartas no sirven para mucho, esto se aprende y se vuelve a dejar en el olvido, que al fin y al cabo es el mejor de los malestares, la peor de las melancolías, el más grotesco sentimiento.
Así de oscura es la vida, mayo, así de oscuras son las estrellas. Contar hasta diez no servirá de nada si ya no tenemos fe, si nos fuimos con ella hasta el sino. Contar hasta diez no nos va a salvar de golpearnos la cabeza hasta el coágulo, y llorar, y gritar por cobardes, por no dejar que la vida nos hiciera pedacitos.

domingo 14 de junio de 2009

No volveré, dice ella, como tratando de ignorar el tormentón que cae sobre la ciudad aquel día de enero cualquiera. Falta poco para febrero, lo cual le asusta. Febrero está loco y se la lleva entre las patas. No volveré, piensa ella. Ha pensado demasiado tarde; febrero se volvió demente, le torturó las costillas, le inventó remolinos. Febrero y su demencia, después de todo, le habían resultado insanamente febriles. Febrero está loco, nos va a matar.
Faltaba poco para febrero. El no sabía manejar, ella pisaba el freno cada minuto pensando que la pasión los iba a mandar al infierno. Ella sabe que febrero no es de fiar, que a febrero le duele el caparazón y no se tienta, no se anda con medias manos. Febrero los va a alucinar, los va a quebrar, los va a drogar. Van a quedarse sentados observando a febrero llevarse los pedazos más deliciosos de su vida tan pequeña.
Tan corta su vida, tan corto el recuerdo. No volveré, le ha susurrado él a ella mientras se ponía los calcetines. No volveré, dice ella. Demasiado tarde para formalismos. Terminó de calzarse los zapatos y caminó a dirección paralela. Las opuestas son para cobardes. Caminó a su lado, no le apartó la vista un solo momento. Sacó dos monedas de su bolsillo, y le obsequió una.
-Las apuestas son para valientes. Pero tú no lo eres.
El, dando la media vuelta, acarició la moneda, pues era lo único que de ella le quedaba. Entonces se quitó de boberías: la lanzó al aire, y encomendó a los vuelcos de la suerte el gastarla por alcohol o la cena de esa noche.

viernes 5 de junio de 2009

No hablar. El taladro en mi cabeza no para, está funcionando desde que llegué y no estabas, la electricidad le comió la fantasía al corazón. El taladro sigue astillando, yo trato y me muevo entre los mares de drogas mentales, pero entre más me asomo más me hundo. El taladro dactilográfico quiere bailar un tango con tu recuerdo y mis cenizas, la precisión de un agujero negro en mi cabeza resulta perturbadora y a la vez sensual. Vayamos al retroceso, vida mía, que yo me estoy quedando sin nada, sin todo, sin esto que se llama montaña rusa y tú solo vienes y me miras, mientras el taladro me hace agujeros y fanfarrias, y tú ríes, y vas poniéndole banditas para esconder el temor, y vas inventando excusas para amar el viento que ya no molesta sentir. El viento que se escondió, y el taladro que me has regalado, y que he usado para inventarme vacíos mientras te espero con un café en la mano, para sentirme menos llena y más necesaria de tí, de nosotros, del mundo.
 

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